jueves, 10 de diciembre de 2020

Lo que al corazón hiere - I Ching

Hexagrama 52, El Aquietamiento: En la explicación de La Imagen, (las 6 líneas del hexagrama) Dice: 

"El corazón piensa constantemente.Esto no puede cambiarse. Empero, los movimientos del corazón, vale decir, los pensamientos (pasado/futuro) han de limitarse a la situación actual de la vida (presente). Todo pensar que trasciende el momento dado, tan sólo hiere el corazón".




Comentario por mi parte: Tomé este pasaje del Hexagrama (La Imagen), conformado por la imagen de la montaña arriba y abajo, para invitarlos a observar una verdad incontrastable como es: "El presente es el único tiempo real".

Como bien señala el párrafo, los pensamientos, al ser sólo eso, ideas, recuerdos, proyecciones, deseos de lo que anhelamos nos suceda o no, nos mantienen atados a lo que en el Budismo se conoce como ilusión.

Es ilusorio todo pensamiento porque no se trata de lo que ahora está aconteciendo, tan sólo es algo que elucubramos a los efectos de no sentir dolor sin darnos cuenta que mantenerlos, es el dolor que intentamos evitar.

Fíjense que el texto hace referencia a que es el corazón el que piensa y no el cerebro, lo cual deja en evidencia lo que somos: seres emocionales que, ligados al mero acto de pensar, quedamos permanentemente atrapados en tiempos inexistentes. Algo así como sonámbulos que pueden moverse y desplazarse pero, sin consciencia de nada, debido encontrarse adormecidos.

Como ejemplo, tomo lo que por estos días mucha gente dice hacer que es, "cuidarse". Sin embargo, Si observamos detenidamente, nada hay de cuidado en esas posturas o decisiones pues, lo que aplican como profilaxis, está sometido al temor de poder llegar a padecer alguna cosa grave o mortal, esto es, temor por un tiempo inexistente (futuro) del cual quieren escaparse sin notar, que corren hacia allí.



La práctica correcta para poder ver con claridad este mecanismo es, atención. Si, sin atención plena, es decir, mirar profundamente sin agregados de juicios o valoraciones de algún tipo, es lo que se necesita para poder VER que, en verdad, lo único que se alienta con pensar y pensar, es el adormecimiento, el dolor o sufrimiento constantes. 

Atención en el propio cuerpo; en sus funciones biológicas, sensoriales, emocionales y mentales. Sentarnos y permanecer silenciosos, sin hacer nada, como una montaña y descubrir cuánto está pasando de instante en instante, justo aquí y ahora. 

Cuanta sabiduría hay en ese estado de aquietamiento que invita a reflexionar, observar y dejar hacer. Soltar lo que no es real.

Sentirnos, conocernos para saber (eso precisa de experiencias de vida y no de teorías o creencias) qué o quienes somos. En otras palabras, escuchar el corazón que es un fractal, una mínima expresión del cosmos latiendo en el centro de nuestra vida, para que sea ese cosmos, ese ser inteligente y sensible, el que nos despierte de tanto aturdimiento fatal y apocalíptico; de pensamientos nefastos o absurdos y entonces, aprendamos a vivir de verdad. 

Vivir de verdad, no es más que atender lo vital y esencial que ahora y sólo ahora, necesitamos atravesar en cuerpo y alma. Vivir de verdad es comprender y aceptar la incertidumbre, que todo es impermanente e interdependiente y que ya, nos estamos muriendo. No alcanzar una correcta comprensión de la vida, es ya, estar muerto es decir, abducido nada más que por actos de superviviencia individualista, acumuladora y competitiva.

Vivir sinceramente es estar completamente en lo que ahora y sólo ahora sucede y ES, evitando así, herir el corazón.

Daniel Shodo

martes, 3 de noviembre de 2020

I Ching Una historia que volverá, porque todo es cíclico

 Erase una vez...

Erase una vez un tiempo en que las personas se dedicaron a cultivar la Tierra y a aprender de la vida. En todos los sentidos cultivaron la Tierra, la tierra que produce el sustento, la tierra de su propio ser, la tierra de sus habilidades y capacidades, la tierra de su comunidad y la tierra del gobierno; por el gusto de conocerse y conocer la vida cada vez mejor, se exploraron a sí mismas indagando en su interior y exploraron tierras lejanas viajando y conociendo otros paisajes, otros pueblos, otras formas de vivir, otras habilidades, otro lo que fuera.

Fue durante el reino del mítico emperador Fu Hsi que dicha Tierra cultivada generó personas que se dedicaron en cuerpo y alma a penetrar en los secretos de la vida. El propio monarca incluido, un equipo de sabios se entregó a seguir el curso del conjunto de todos los movimientos bajo el cielo según sus ordenamientos eternos (Trueno, viento, fuego, agua, etc)  Como dice un comentario recogido en el I Ching de Richard Wilhelm (p. 349): “Al penetrar con el pensamiento el orden del mundo externo hasta el fin, y la ley de su propia interioridad hasta el núcleo más profundo, arribaron a la comprensión del destino.”


 Bagua



Desentrañaron así la trama de los principios vitales no mutantes que dan estabilidad, (los ocho elementos naturales representados en los trigramas) consistencia y coherencia a la vida y propagaron su funcionamiento mediante el bagua (ubicación cardinal de los 8 trigramas) .Asimismo, hicieron poemas para explicar y divulgar la sabiduría de los 64 procesos de cambio que se recogieron en “El Libro de las Mutaciones”.

En aquella época los emperadores tienen que haber sido hombres sabios que ejercieron la función de soberano como un buen padre de familia. Ya que, de los textos de los hexagramas se desprende la importancia que dieron a los principios fundamentales para el desarrollo de las virtudes humanas y asimismo la atención que prestaron a la organización estatal para que tuviera un influjo estimulante y alentador en el corazón del pueblo y aumentara de modo natural la cooperación social en, por ejemplo, las comunidades agrarias (ver El Pozo de Agua, hexagrama 48).

La sencillez del bagua y la forma poética que emplearon para enseñar los principios esenciales y recordar los consejos correspondientes a las circunstancias cambiantes de la vida, hizo que la sabiduría del Libro de las Mutaciones echara sus raíces en el pueblo. De ahí que el pueblo chino hasta hoy en día emplea dictámenes del I Ching como refranes, sin conocer siquiera dicha procedencia.





¿Vivieron felices y comieron perdices?

Es de suponer que en tales circunstancias tanto la clase soberana como la obrera vivieron felices, ya que la gente se tranquilizaría al vivir en comunidades justas y comprobar que cada persona recibe continuamente las indicaciones de lo Creativo (El ceilo, la mente) para afrontar y superar sus dificultades y renovar su vida. Al darse cuenta de que los cambios cíclicos son imprescindibles para regenerarse, regularse y vitalizarse, todos cobrarían confianza en la vida respetando las coordenadas del bagua e interiorizando los consejos de los hexagramas.

Al saber cómo afrontar las dificultades, los agricultores, trabajadores, comerciantes, artesanos, artistas, funcionarios, administradores, príncipes, gobernadores y monarcas se dedicarían a su cometido confiando en sí mismos y en los demás. Todos superarían sus miedos, resolverían sus problemas, se dedicarían a sus trabajos y desarrollarían sus dones. Realizándose, explorándose y perfeccionándose, disfrutarían compartiendo sus habilidades, conocimientos y dones por lo que se sobreentiende que desarrollarían una cultura vital y maravillosa...

No obstante, no fue así para siempre. Las lecciones de la vida no se heredan ni se pueden enseñar. Hace falta sentir lo vivido, la experiencia no se aprende de otros. Muchas veces es necesario sufrir para alcanzar una lección oculta, ya que las lecciones de la vida se esconden y se disfrazan cuando no afrontamos en su momento la dificultad que la vida puso en nuestro camino. Es imprescindible sentir lo que estamos viviendo para poder recibir en nuestro fuero interno las lecciones de la vida. Por eso, el trabajo que hicieron nuestros ancestros, la educación que recibimos, la suerte de disfrutar condiciones vitales favorables, todo esto ayuda. Pero para sentirse feliz, cada ser humano tiene que explorar la vida, comprometerse consigo mismo y usar su libre albedrío, responsabilizándose de sus elecciones y decisiones.

Lo único que podemos y deberíamos hacer es afrontar los cambios, dejándonos guiar por las fuerzas armoniosas y benignas del orden universal. De dicha manera la vida nos da sus lecciones en su momento. Es a cada uno de nosotros -niños, jóvenes y adultos- abrirnos a las lecciones de la vida, salvaguardar éstas en nuestro interior y transmitirlas por nuestros actos. Procurando respetar los valores y factores no mutantes, encontramos pasito a pasito el camino de la vida, cuya veracidad se distingue por ser un camino de renovación, auto regulación y vitalidad.

El pueblo chino dejó escapar su dicha por indiferencia e inercia y el consiguiente abuso de la libertad humana y la corrupción. Una desgracia que ocurre siempre que dejemos de perseverar en la citada “actitud del noble”. Si obstruimos el curso natural de los cambios, bloqueamos nuestra propia fuente de vida, inmovilizándonos interiormente. Así consumió el pueblo chino la herencia de aquellos tiempos felices, ya que los hechos históricos dicen que habían perdido su libertad y cultura de vida unos mil años después del reino del emperador Fu Hsi.






Comentario: Entiendo que pueda resultar un tanto difícil aceptar que tal realidad haya sido posible pues, leemos y vivimos la historia de la humanidad, invadida de actos de corrupción y violencia; a lo sumo, sabemos reconocer mojones de paz y armonía. Sin embargo y, considerando que, de lo que el texto nos habla es del hecho inconstrastable de cuánto estamos ligados a las energías naturales e inmutables como son el Cielo y la Tierra y también a los cambios cíclicos que se producen por la interacción de los elementos gestados por estos a saber: Trueno, viento, fuego, agua, lago, montaña,es que me permito asumir la responsabilidad de adherir a la confianza que permita esperar, labor mediante por parte de a humanidad, a que esa realidad, vivida hace tantos milenios, sea el futuro inmediato de la nueva humanidad feliz y evolucionada.

Daniel Shodo

sábado, 24 de octubre de 2020

La tortuga en el I Ching, Chi Kung y Feng Shui




En mis clases he mencionado muchas veces que, si queremos permanecer vivos plenamente durante muchos años, deberíamos aprender del modo de vivir que tienen las tortugas. Y es que se atribuye a ellas su condición  longeva a partir de que su forma de vida está basada en hacer las cosas de manera asertiva y decidida. Su andar lento (según nuestra percepción pues, ella no mide el tiempo, solo lo vive) su alimentación vegetariana, masticar repetidas veces antes de ingerir; mover el cuello regularmente, su actitud pasiva (si siente peligro se protege dentro de su caparazón) realizar sólo 4 respiraciones por minuto (el ser humano hace en ese tiempo 16 o 17) y ser silenciosa...son razones más que suficientes para haberse ganado el respeto de una cultura que la considera el animal sabio por excelencia como ocurre en China.

Conozcamos un poco más de este animal sagrado

El origen de Genbu proviene de uno de los cuatro símbolos de las constelaciones chinas. Los chinos lo llaman Tortuga negra o tortuga del norte. Además de representar al norte, también hace referencia a la estación del invierno. En el Feng Shui representa la protección del hogar y una larga vida, por esta razón es que se suele ubicar en la cara norte de la vivienda, una imagen de este mítico animal, a modo de protección. 

Entre los cuatro animales mitológicos de China, (El ave Fénix, el Tigre y el Dragón) la Tortuga es la que posee la sabiduría más elevada y el don de la longevidad. 


En el I Ching, la caparazón de la tortuga representa la bóveda celeste o firmamento y, según nos cuenta la historia de éste libro, el sabio Fu Shi, (2400 aC.) es a quién se le atribuye el descubrimiento e interpretación de los trigramas que vio en la caparazón de una tortuga gigante cuando esta emergía de las profundidades del río Amarillo. 

Posteriormente, estos 8 símbolos combinados entre sí, dieron lugar a la conformación de los 64 hexagramas del tratado de las mutaciones y los cambios I Ching.

En la práctica de Chi Kung o Qi Gong, la realización de movimientos y posturas vinculadas a los animales, es tan antigua como la disciplina misma (3500 o más) siendo la tortuga una de sus formas.

Las variantes del movimiento, obedecen a cada escuela de Chi Kung pero, en ningún caso, al menos hasta donde conozco, se ha modificado su sentido que es, darle al cuerpo una movilidad capaz de irrigar correctamente el cerebro, los riñones, reducir la cantidad de respiraciones por minuto y con ello, alcanzar un ritmo de vida más sosegado.

La calma, alcanzada como resultado de ir abandonando de práctica en práctica, todo lo que impide su manifestación, es, al decir de la Medicina Tradicional China, el estado propicio para que el Chi o energía vital, fluyan a lo largo y ancho del cuerpo físico, mental y emocional del practicante armónicamente..

Desde ya que no se desestima el actuar con rapidez cuando esto fuese necesario pero, no es lo mismo hacer algo con premura de tanto en tanto que, vivir sólo para correr.



"La tortuga espiritual, es la que no se alimenta de lo material; en el humano, es la capacidad de valerse por sí mismo. La tortuga espiritual, es una condición del alma, cuando la perdemos, también perdemos esa capacidad de independencia" (El I ching del pequeño saltamontes. Editorial: Urano)

Quizás y, a partir de estos datos, cuando veas una tortuga la aprecies más allá de su apariencia física y te resulte estimulante su presencia poder practicar alguna de sus muchas virtudes.

Virtudes que, yacen en cada ser humano a la espera de ser descubiertas y desarrolladas.

Daniel Shodo 

miércoles, 21 de octubre de 2020

I Ching - Un viaje a través del Sabio

 Un viaje por el I Ching,



A través de estas entradas, los invitare a que realicemos juntos, un viaje al universo maravilloso del libro de las mutaciones y los cambios.

El I Ching es un encuentro con las ciencias naturales, la sabiduría, la ética, las matemáticas, la simbología y el lenguaje.

Es científico porque observa, interpreta y comprende el orden natural del cielo, la tierra y el cosmos.

Es sabio, porque sabe y conoce el modo correcto de aplicar ese saber, respetando siempre, las leyes humanas y sus muchos significados.

Es ético, porque sus acciones se basan en cultivar y nutrir las virtudes humanas como la modestia, la compasión o la gratitud.

Es un volumen de matemática aplicada, porque sus comienzos (5.000 años o más de antiguedad) se basaron en cálculos matemáticos a partir de los cuales, fue posible, para los sabios y santos de la antiguedad, deducir la interrelación entre el cielo, la tierra y el humano, a partir de imágenes (trigramas y hexagramas) que surgen, producto de dichos cálculos y de éstos, las, virtudes, el óctuple sendero (los 8 caminos de vida correctos) y los textos explicativos.

Es símbólico, porque partió en sus inicios, para interpretar oracular mente las circunstancias y hechos de la vida, de imágenes como ser, la línea entera, representativa del CIELO, la línea partida, la TIERRA y, a estas dos, le sumó una tercera línea (entera o partida) que equivale al ser humano. Esto constituyó el llamado trigrama; a su vez, la unión del trigrama del cielo con el trigrama de la tierra, produjo la gestación de 6 hijos (trigramas) el TRUENO, el VIENTO, el FUEGO, el LAGO, el AGUA, la, MONTAÑA.  Quedando entonces establecidos 8 trigramas que, combinados entre sí, dieron lugar a los 64 hexagramas del libro de las mutaciones o, I Ching.

Por último, es lenguaje y es poesía, pues, quienes supieron interpretar, hace unos 3500 años, las imágenes o hexagramas y cada una de las 6 líneas que los componen, se valieron de la palabra para poder explicar más clara y profundamente su sentido (Tao) como su significado y guía para facilitar al consultante su interpretación. 

Como vemos, el I ching, no ha dejado nada al azar ni a expensas de la casualidad. Por eso, su abordaje requiere tener en consideración que, no estamos ante un libro de adivinación o, para ajustar sus respuestas a nuestros caprichos o intereses personales egoicos. Es, por el contrario, un libro cuya sapienza, se revelara a quien de corazón, vaya a su encuentro.

Gracias

Daniel Shodo

lunes, 14 de septiembre de 2020

Los primeros maestros, son los padres.



Somos hijos del cielo y de la tierra. Hijos de hombre y mujer; una prolongación de todas las existencias en un limitado cuerpo con enormes probabilidades de ser aquello para lo que hemos venido.

Un soplo de vida que bien puede quedar a penas en un deseo trunco por crecer o, evolucionar e ir más allá incluso, de lo deseado.

Para el viaje, según mi experiencia, se requiere aprender a conocer, comprender y aceptar a esos progenitores sin los cuales, este cuerpo nada sabría de la vida y tampoco podría servir de vehículo al alma que, encarnada, busca formarse y evolucionar.

Esos padres que nos dan todo cuanto han tenido y supieron dar. Si lo pensamos buenamente y partiendo del supuesto de que nos amaron, pregunto: de haber podido ¿no nos hubiesen dado mucho más de lo que nos brindaron para nuestro bienestar? Muy probablemente la respuesta es afirmativa. Sin embargo, nos dieron lo que nos ofrecieron con la salvedad de que, de todo cuanto recibimos, con lo que, a fin de cuentas  nos quedamos, es con los gestos, palabras y señales que nos marcaron.

Marcas indelebles como las del amor incondicional o profundas y oscuras como solo el abuso o el desprecio son capaces de generar. Marcas, producto del modo en cómo cada uno de nosotros supo hacerse de lo vivido en relación con ellos y sus formas, mandatos y moral. 

Dicho de otro modo, nos es lo que nos transmitieron lo que nos a dañado o nos enaltece sino, lo que nosotros pudimos hacer con ese legado. Señalo particularmente la palabra pudimos pues, a ciertas edades, no hay otra cosa a nuestro alcance emocional o psicológico que lo que podemos, debido a las limitaciones evolutivas naturales de esos períodos de nuestra vida. Y también la resalto para no caer en la consabida culpa que nos lleva a pensar, "debí hacer otra cosa para evitar que me lastimen", sin percatarnos de que, ese pensamiento, es sólo un intento del ego, siempre ocupado en destacar sus virtudes,  y en evitar la verguénza. o el conflicto. 



Cuando nos llega el turno y la vocación por evolucionar en consciencia humana; cuando vamos aprendiendo a sentir el modo en el que el alma nos habla, es el día en el que, para ir al encuentro con nosotros mismos, será indispensable hacer el viaje del que hablo hacia atrás. Hacia el pasado que aún late en nuestro interior. Sin ese periplo, no se podrá avanzar y, menos aún, ascender a otra dimensión. Es que esas heridas, ahora escuchadas, nos están invitando a que nos ocupemos de sanarlas. 

Ese viaje se hace aquí, en el presente, acudiendo a nuestro niño interior o subconsciente. Ese encuentro no debe soslayarse ya que es donde aún supuran las heridas. Es desde este adulto que nos acercamos a nuestro niño para hablarle con respeto y amabilidad; para contarle que ya no hay razón para continuar penando o apelando a la ira para defenderse de lo que ha dejado de suceder. EL encuentro se hará repetidas veces hasta que el niño comprenda nuestra buena intención y confíe. porque es a partir de él  que podemos comunicarnos con nuestro SER, Yo superior o supraconsciente, Es el niño interior el que le cuenta que ya estamos listos, dispuestos y habilitados para recibir las herramientas con las cuales nos ocupemos de sanarnos.

Cuando así no lo hacemos (siendo tan fundacional la relación paterna como es), lo que sucede es que, lo no resuelto en nosotros con ellos, se reflejará en las distintas relaciones que iremos manteniendo a lo largo de nuestra vida. Parejas que se parecen a alguno de nuestros padres. Relaciones laborales conflictivas basadas en las mismas falencias emocionales que nos atan al padre o a la madre. Figuras del espectáculo, deportistas o, hasta políticos en los cuales proyectamos, inconscientemente, el deseo de los padres que nos hubiese gustado tener o que sí hemos tenido y buscamos perpetuar en esos otros que, sin saberlo, lejos estamos de verlos como son sino que, los miramos teñidos por el dolor o la frustración que todavía nos aqueja.

Cualquier tipo de relación que establecemos en los distintos períodos de nuestra vida, en la medida que lo que aún no pudimos dirigir al plano de la sanación, se nos mostrara en esas personas, como un recordatorio constante del examen que nos queda por rendir. Un examen que no es con ellos, con nuestros padres, es con nosotros mismos. 

Recuerden, no son las cosas las que determinan nuestra vida, es la manera como las abordamos lo que le da forma a nuestra realidad cotidiana..



Por eso digo siempre que, nadie puede hacer la labor de evolucionar espiritualmente por uno más, que uno mismo. Si alcanzamos a dimensionar su enorme valor, la vida se torna una bendición. Es que tanto nos ama que nos muestra en los demás seres y situaciones, lo que resta hacer para continuar avanzando.

El dolor implícito en el viaje, es el conflicto ineludible a partir del cual se aprende y se eleva el alma. Es el espacio apretado el útero para el segundo nacimiento. Lo que muchos llaman el perdón. Un perdón dirigido hacia nuestro niño interior porque no sabíamos que no sabíamos. Que no pudimos.

Claro, sin el primer nacimiento, el segundo es imposible sin embargo, hay quienes sólo conocen el primero y nunca, al menos en esta vida, (presupongo la existencia de otras) cómo es nacer a la consciencia pura. 

Esto es lo que los maestros llamaban, en sentido contrario, morir dos veces, morir al ego (los miedos o,primer nacimiento) y la muerte del cuerpo físico. El alma no muere, tan solo busca retornar a la divinidad de la que procede.

Estoy dando por sobre entendido que, si hemos encarnado en esta condición humana, no ha sido nada más que para sobrevivir. Vinimos para aprender algo que cada quién habrá de descubrir bajo su responsabilidad sabiendo que lo que decida, repercutirá en su ser como en todo lo que lo rodea.

La palabra definitiva, el impulso sentido y atendido, es menester de cada ser humano. O permanecemos parapetados e indefensos, gestando y avalando bajo esa condición, todo tipo de auto engaños o, nos atrevemos a nacer de nuevo.

Shodo Rios 

martes, 1 de septiembre de 2020

El olvidado arte de pensarnos



Pensar es una madeja de recuerdos e imágenes que se entrelazan en la urdimbre de una vida finita; en un mundo cada vez menos visitado como es la mente, el corazón y que da, como resultado de ahondar en ese entramado, el poder conocer a raíz de lo tejido.

Me gusta llamar a la acción de pensar, como a su hija dilecta, la reflexión, el oficio de pensar. El oficio como lo que es, la obra confeccionada a mano, corazón y mente. Por eso, es que, del pensar que hablo no es del ligado al análisis o la valoración (muy necesarias en ocasiones, por supuesto) menos aún, hablo de la crítica muchas veces despiadada del yo que no duda en auto doblegarse en la murmuración de una elocuencia pueril y baja que los nudos del ego atan por sí mismo y luego, ante la desesperación inevitable, buscan la complacencia o la culpa para justificar su apurado y enredado hacer. 

Del pensar que hablo, es el de la observación pura que permita, al menos, palpar la presencia del tejedor inefable al que muchos llaman irrespetuosamente, Dios.

Volviendo al telar como marco de la consciencia viva y que me remite a las abuelas de la Pachamama digo, observar es percibir los conceptos sobre lo observado, las ideas amarradas a la lana bruta de lo aprendido y notar cómo cuesta desarmar lo apelmazado en la mente y el cuerpo cuando buscamos hacerlo de prepo, justamente, por carecer de oficio.



A medida que vamos animándonos a mezclar los colores o, los colores se funden en la piel seduciéndola para que los deje entrar directo al alma, aunque en el camino se interpongan la carne, los huesos y los miedos, notamos el pulsar de esa misma masa latente de vida tan bella como destinada a pudrirse, convocada a la dulce travesía del vivir que muchas veces, nos guste o no, se vuelve agria y oscura y siempre misteriosa. 

Quien no abrace el arte de mirar con los ojos entornados, no podrá intuir que la perilla a pulsar para echar luz sobre la confusión del entramado, está en sí mismo, razón de más para correr o espantarse y permanecer congelado. Nada de que culparse pues, así nos lo han enseñado sangre tras sangre. O, quizás, y con el debido respeto deba aceptar que, gentilmente, sí hubo quienes nos mostraron el sitio exacto por donde cada uno andar su despertar, pero, vaya a saber en qué escaparate nos quedamos envilecidos que ni nos enteramos. 

Observar es un bello oficio que amo porque es el amor mismo; el amor convidándonos al banquete del mirar, del ver, del ser y a desaparecer. ¿Desaparecer?! ¿de dónde? No de dónde, de qué, porque, cuando el observador y lo observado se funden, aunque más no sea por un breve milisegundo, es cuando el "yo" y el Ser, se vuelven uno y sólo uno. Un uno al que, probablemente, tampoco le quepa esa condición, me arrogo ese concepto en un intento por explicarlo, y es que, si toda división conceptual se desvanece, como la neblina al despuntar el sol entonces, ¿quién queda como testigo para que podamos llamarlo el uno? 

Lo separado o lo unido comprendido de entrecruzamiento en entrecruzamiento de lanas y vivencias, se quedan nada más que, en un concepto práctico, porque, separado o unido es, en última instancia, sólo retórica sino se pone el cuerpo y el alma en el vivir.Sin los horizontes ni los cielos, ¿cómo confeccionar un verdadero vestir?

Sin embargo, me permito sugerir no darse prisa porque todo oficio requiere tiempo,gozo,  perseverancia, paciencia y, sobre todo, saber si hemos sido llamados para ejercerlo. Carecer de ese llamamiento que el alma hace un día, nos puede llevar, fascinados por la aventura, a salir corriendo sin los pertrechos suficientes y terminar en mitad del desierto sin agua por confiar demasiado en que, "Dios proveerá".

El entramado que el oficio teje hilada tras hilada, al pensarnos, sentirnos, reflexionar; avanzando, retrocediendo y teniendo que esperar a veces, a que amaine el temporal, más allá de análisis o evaluaciones, como dije al comienzo, no es más que la forma de un vacío o esencia que permite vernos en ella y descubrir la existencia de algo llamado consciencia clara, libertad, atención plena, tiempo presente, capacidad de ser, hacer y desaprender; amor puro, confianza y la simplicidad de lograr caminar por donde sea propicio.



Reencontrarnos con el poder de elaborar nuestra vida según nuestras propias fuerzas. Amar sin medida porque ese es el amor verdadero, (el otro, siempre sabe a poco) y desinteresados de toda expectativa, es el pensarnos con la perspectiva de la que seamos capaces. El delicado oficio de pensarnos es lo que habilita a desarmar los miedos y las dudas. Las creencias, el optimismo inerte y la esperanza gris que se paren del mismo temor y desconfianza; luego, es cuestión de tiempo para que lleguen el hambre y la miseria.Este noble oficio, el oficio de pensar, es la oportunidad para lucir aquello que nos atrevimos a elaborar de mano propia, desoyendo el imperio de las modas; incluso, a riesgo de errar por mucho. Después de todo, es más elevado un yerro en el camino de aprender que, el esfuerzo absurdo de que los puntos sueltos no se noten.

Pensarnos es repensar el mundo sobre el que estamos de pie y enaltecerlo o, dejamos que nos venza la pereza, la comodidad del individualismo y el rosario de males que de esa condición deriven. 

En pocas palabras, dejar de pensarnos, de vernos, de percibirnos y disfrutar la maravilla intuitiva del ser humano devenido naturaleza viva, es vestir harapos. Raídas y desteñidas telas; motivo demás para tomar el telar, la vida en nuestras manos y, mirándole la fachada al miedo, animarnos a atravesárlo con las agujas del amor, de la gratitud bien habida y tejer, inspirados por el aliento divino de la creación y hacer del oficio bello de pensar y vivir, una prenda de dignidad humana

Shodo Rios