sábado, 25 de septiembre de 2010

Comer, comer...

En la cocina y sobre la sartén se calienta el aceite de oliva; los ajos, las cebollas y ajíes crujen y se doran. Las verduras esperan su turno.
Corto remolachas, zanahorias, chauchas, choclos, hongos; no sin probar algún pedacito como aperitivo y para sentir el sabor original sin condimentos. Sin apuro, ellas también se van dejando caer en la sartén. Se juntan, se mezclan, se comparten, se nutren, empapadas en su propio caldo; es una fiesta para mis ojos, y sin duda, lo será también para mi boca.
Destellan vivazmente los colores. El humo, el KI, como dijera un cocinero japonés en la tele, se eleva en arabescos, y la cocina, la casa, yo y todo olemos a vida, a pimienta, con apenas un pellizco de sal y romero.

Comer, comeeer... comer, comeeer es lo mejor para poder crecer... Así cantaba un viejo amigo brasileño a la hora del almuerzo o la cena. Un tipo fantástico y gracioso como pocos que amenizaba el momento de comer prologándolo con esta canción infantil.
Creo que ahí empecé a darle a ese momento del día un valor y respeto como nunca antes. Sentarme a comer no sólo por el placer de hacerlo, sino por el hecho de considerarlo una bendición.

Entre mis alumnos suele ser tema de conversación la comida. Qué comer, cómo, de qué manera. Trato de aclararles que no soy un experto en alimentación y que tan sólo me vengo ocupando del asunto un poco por intuición, otro tanto por asesoramiento de mi amiga Mónica, vegetariana desde hace muchos años, y sobre todo, a base de prueba y error; es decir, experimentando, poniendo un poco de esto y otro poco de aquello, mezclando... Y por supuesto, a veces acertando y otras... para qué contar. Eso sí, todo hecho con mucho respeto, placer y amor.
Esto motivó el pedido de algunos de ellos para que escribiera y subiera al blog algunas ideas, recetas, sugerencias y otros ingredientes que pudieran guiarlos un poquito en cómo encontrar el camino hacia una alimentación sana, práctica y espiritual.

Bien, me pongo el delantal y comienzo esta “receta” reescribiendo las palabras de un señor considerado por mí un guía espiritual y gourmet muy divertido y querido, llamado Edward Espe Brown, quien fue ordenado monje zen en el año 1971 en manos de un gran maestro zen como Shunryu Suzuki.
E. E. Brown fue director, presidente, administrador, profesor y jefe de cocina del Centro Zen de San Francisco (USA).
Un día llegó a mis manos, por obsequio de mi amiga Mónica, uno de sus libros, titulado La Cocina Zen. De ahí extraje estas palabras que ahora comparto con ustedes. Si gustan, mojen el pan en el juguito.

Empecé a cocinar en la misma época en que comencé a practicar meditación zen, en 1965. Esas dos actividades han enriquecido mi vida de tal forma todos estos años que ahora me parecen inseparables. Me entusiasma la interacción entre la práctica espiritual formal y la vida cotidiana. Al fin y al cabo, aquí es donde vivo: con cosas que no son sólo cosas, y con un significado que puede ser más real que las cosas. Quiero que lo espiritual llegue a la cocina. De otro modo está vacía de significado. ¿Qué hay para almorzar?

Cocinar no es un simple medio, que consume tiempo para conseguir un fin, sino que es en sí mismo curación, meditación y nutrición. En un cierto punto mi profesor de zen Shunryu Suzuki me comentó: “No trabajas sólo comida, trabajas contigo mismo, trabajas con otras personas”. Nos vendemos muy barato cuando nos contentamos con el alivio y la gratificación inmediatos y no vemos que con el trabajo es como mejor manifestamos nuestro amor.
Cocinando compartimos el esfuerzo que sostiene nuestras vidas, compartimos la abundancia de nuestro mundo. Cebollas y papas, manzanas y lechugas están íntimamente ligadas con el cielo y la tierra, el sol y el agua del mundo. Dando y recibiendo es cuando lo hacen mejor.
Así pues, trabajar con la comida, con tantas cosas vivas, también puede ser una expresión de sinceridad y reconocimiento. Honrando los ingredientes podemos llegar a dar, en la comida, lo mejor que hay en nosotros mismos y en los demás.

Muchas de nuestras dificultades individuales y sociales provienen de la compartimentación arbitraria de nuestras vidas. El trabajo es lo que hacemos para vivir, y tan a menudo no nos compensa, que se convierte en algo que evitar. Cocinar nos ofrece una metáfora y un vehículo para hacer de nuestras vidas un todo: encontrar placer en trabajar con la comida en lugar de pensar que el placer llega sólo cuando termina el trabajo; experimentar las sencillas alegrías de crear con trigo y maíz, tomates y lechuga, en lugar de pensar en no tener que relacionarse con nada.
Hemos olvidado lo que realmente nos alimenta y no logramos conectar con las cosas; la vida se vuelve vacía y sin color. Ver la comida sólo como combustible o como una cosa es empobrecedor. El zen se refiere a veces a la iluminación o la realización, como “lograr la intimidad”; es, de hecho, tocar y conocer con la experiencia; digerir y crecer. No se puede ser más íntimo que con la comida, pues se convierte en nosotros.
Lo denominado espiritual no puede separase de lo denominado material. El alimento espiritual está al alcance, pero tenemos que tomarlo, olerlo y probarlo.
Cocinar, pues, es vida, es aprender, es percibir. En fin, no hablemos tanto y comamos. Y no seamos frívolos con lo que nos metemos en la boca. Saboreemos todas las bondades de cada bocado de comida, ya que tenemos capacidad para hacerlo y ser conscientes de crecer y nutrirnos unos a otros.

¡Ah! Rico, ¿no? Con estas palabras de mi estimado Edward Espe Brown, comienzo a seleccionar los alimentos, cacharros y utensilios, por decirlo así, para que en encuentros posteriores les vaya pasando algunas recetas y comentarios de qué, cómo y cuánto comer. Por ahora, y para que vayan picando, les paso esto: Podemos comer lo que nos plazca, lo que necesitemos o queramos probar por primera vez, pero les sugiero hacerlo prestando especial atención al estado mental y emocional de ese momento, pues, aunque tengamos delante nuestro un suculento plato de verduras orgánicas, poco bien nos aportará si estamos, al mismo tiempo, mirando noticieros, discutiendo o abarrotados de pensamientos complicados o preocupantes.
Disfrutemos agregando a nuestros platos los ingredientes que deseemos, ¡¡¡pero estos no!!!
¡Bon appetit!


Publicado por Claudio

sábado, 18 de septiembre de 2010

Olvidarse de uno mismo

Era domingo al mediodía y salí a caminar un rato hasta una zona arbolada cercana a mi casa, con la intención de moverme un poco.
Una vez allí y luego de andar un par de kilómetros a paso ligero entre las gentes y los árboles, decidí estirar mis músculos.
Durante el proceso de elongación sentí que lograba escuchar a mi cuerpo pidiéndome que le diera el tiempo suficiente para que ese estiramiento se fuera produciendo del modo que él lo necesitaba. Lentamente me rendí a su reclamo y allí permanecí por varios minutos. Trabajando sobre una pierna, luego la otra; sin prisa y con mucha calma.
Al finalizar, y con ambos pies sobre el césped, me asombró la transformación energética que se produjo, por decirlo de alguna manera, la cual me impedía hilar cualquier pensamiento lineal.
Y es que mi cuerpo no pesaba, no dolía, ni siquiera daba señales de cansancio.
Noté que todo en mí y lo que me rodeaba estábamos fraternalmente unidos y compartiendo la existencia sin resquicio por el que se pudiera colar ningún análisis. Nada era necesario ser explicado.

El viento, el cielo, la gente, los árboles, los pájaros, todo reinaba en total ecuanimidad; tanto que me hubiese sido difícil decir dónde empezaba o terminaba cada cosa.
Sentí que podía permanecer en ese estado eternamente.
Mis pasos se volvieron etéreos, mi respiración amplia, mi sonrisa al viento, mis ojos mirando sin buscar nada, y en el pecho crecía un corazón luminoso que se andaba de guiños con el sol que de a ratos asomaba.

Ese estado de serena alegría es lo que somos, debajo de todos nuestros conceptos, prejuicios, ideas y deseos. Aquí donde estamos, cuando trascendemos los opuestos y complementarios, no hay conflicto, sólo la vida expresándose libremente, sin trabas, como una orquesta sonando afinada y en concordancia.
Hasta que pifiamos una nota y ahí estamos otra vez, desentonando bajo la batuta del ego.
Pero lo que rescato de estas experiencias es que nos prueban qué es verdad y qué falacia. Qué es lo que en realidad nos vuelve pesados o densos y lo que nos sutiliza o aligera.
Nos pesa toda vez que empujamos en contra de nuestra verdadera esencia, y nos alivianamos de esa carga cuando vivimos en el amor, pues, lo único que podemos sostener sin desmayos ni quejas es lo que amamos; el amor, porque eso somos.

Creo que a esto se refiere el texto que leerán más abajo, es decir: Salí con una idea y cuando se volvió acción, me olvidé de la idea. Me propuse aliviar los dolores de mi cuerpo, y cuando escuché a mi cuerpo, me olvidé de los dolores. Cuando me olvidé de mi cuerpo, no me fueron necesarias las palabras.

Los canastos de pescar existen para los pescados; cuando ya se tienen estos, se olvidan los canastos. Las redes para cazar liebres existen para las liebres; cuando ya se tienen éstas, se olvidan las redes. Las palabras existen para los pensamientos; si se tienen los pensamientos, se olvidan las palabras. ¿Dónde encontraré un hombre que olvide las palabras, para poder hablar con él?
Chuang tse

Publicado por Claudio

sábado, 11 de septiembre de 2010

Zazén: O cómo rejuvenecer sin cirugías

Permítanme comenzar esta narración recordando las palabras de un viejo sabio: El hombre, cuando nace, es blando y flexible; cuando muere, queda rígido y duro. Las plantas, al nacer, son blandas y flexibles; cuando mueren, quedan duras y secas.
Lo duro y lo rígido son compañeros de la muerte. Lo blando y flexible son compañeros de la vida.
- Lao Tse.

Bien sabemos que no podemos evitar que el tiempo pase. Que nos desgastemos, nos volvamos viejos y muramos.
Pero sí creo, sinceramente creo que está en nuestras manos que el tiempo no transcurra en vano. Que lo que hacemos cada uno con su tiempo hace la diferencia. Mientras yo escribo estas palabras, vos plantás un árbol y otro siembra el caos. Todos al unísono y al mismo tiempo.
Que el tiempo que llevemos de caminar la tierra sea bello y pleno, como digo, depende en parte de cada uno, y de esto se desprende la inevitable pregunta. ¿Cómo lograrlo?

Primero: sinteticemos la búsqueda tachando de la lista toda salida fácil, rápida y barata.
Segundo: Empezar por dar el primer paso. Paradójicamente, parando.

En mi caso, y en el de muchos a lo largo del mundo, parar nos condujo a sentarnos en zazén.

- ¿Y qué es zazén? Zazén es una palabra de origen japonés que significa “za”: sentarse; “zen”: meditación.
¿Y cómo se hace? Simple. Te sentás sobre un almohadón redondo con las piernas cruzadas, la columna derecha...
- Es decir que, durante los minutos que dure la meditación, nos ocuparemos de observar nuestro cuerpo.
Y también la respiración. Por la nariz, tranquila. Sin artilugios, ni sobreesfuerzos.
- ¡No parece fácil!
Fácil, difícil. Son sólo palabras. Muchas veces apropiadas para no hacer aquello que podría otorgarnos algunos beneficios.
- ¿Cómo cuáles?
Calma, confianza, creatividad, amorosidad, respeto...
- Es que yo... ahora... justo que ando con este dolor de espalda, y mi familia... y los horarios del trabajo...
O que es tarde, y el clima... Sí, sí. Entiendo.

Lo interesante del caso es que esta batería de problemas que plantea el personaje de mi narración son algunas de las razones por las cuales se hace necesario echar mano de “algo” que nos permita no envejecer prematuramente; no volvernos como el árbol, seco y quebradizo antes que despunte el día.

La práctica diaria del zazén, de esta intimidad con nosotros mismos, y la ecuanimidad emocional a la que accedemos, la denomino: rejuvenecimiento sin cirugías.
Y explico. Cuanto más corremos escapándonos de la vejez, más rápido llegamos a ella. ¿Por qué? Pues, porque para correr todo el tiempo física y mentalmente se necesita tener mucha energía. Energía igual a: sangre, oxígeno, voluntad, tiempo, espacio, dinero, etc.
Cuanto más velozmente usamos nuestro caudal energético, más velozmente también lo consumimos (a mayor fricción por el aceleramiento, mayor calor, mayor consumo y menor rendimiento en todo sentido). A todo esto se suma el reabastecimiento de lo agotado, que pocas veces efectuamos adecuadamente. Esto sería, dormir varias horas profundamente, descansar con más asiduidad, comer más frugalmente. Mantener mayor contacto afectivo, en cantidad y calidad, con las personas que queremos. Realizar juegos, gimnasias o actividades recreativas y paseos en o cerca de lugares poco contaminados o enriquecidos con oxígeno puro. Contentarnos con lo que tenemos, que muchas veces es más de lo que nos hace falta, y pedir menos. Pero... siempre hay un pero, ¿lo hacemos?

Si en algo de todo esto no nos ocupamos, difícilmente podremos recuperar las pilas gastadas.
De manera que valdría la pena cuestionarnos si tiene algún sentido tanto dinero invertido (tirado) en cosmética, botox, pastillas, cirugía y otros menesteres estéticos, si nada de lo que aquí comento hacemos. Lamento recordarlo pero... “No son las arrugas de la cara las que determinan la vejez, sino las del alma”.

Entonces, ¿hay que sentarse a meditar para obtener algo?
Otra vez mi personaje preguntando.
No. No nos sentamos esperando a que algo específico suceda. Aunque al principio de la práctica es esperable hacerlo con esa intención. Pero luego, con el tiempo de estar allí, intimando, como dije antes, con nosotros mismos, vamos notando que a lo que llamamos metas u objetivos, en realidad, se trata más bien de respuestas que el cuerpo nos da, desde el dolor y la ignorancia, y que luego se transmutan en aclaración o visión de nuestra existencia. O sea, buen uso de nuestra energía y tiempo.

Por eso, el zazén es para mí un lifting de rejuvenecimiento, pues, aunque no volveré a ser tan tierno y flexible como al nacer, sí sé que en la medida que pueda dejar caer mis durezas mentales y corporales, mi savia vital se incrementará circulando casi sin impedimentos y más que un sobreviviente, me sentiré flexiblemente vivo.
¿Nos sentamos?


Publicado por Claudio

domingo, 5 de septiembre de 2010

Conciencia y movimiento


Nuestro cuerpo es capaz de mantener un saludable equilibrio de la actividad fisiológica, pero, para que esto suceda, el Ki, o la energía vital, debe circular constantemente a través de cada uno de los meridianos o canales de energía vinculados con nuestros órganos y vísceras, en una secuencia ordenada.
Quiero señalar que toda vez que se lea la palabra “cuerpo” en esta nota equivale a: cuerpo físico, mental, emocional y espiritual.

Se produce la enfermedad cuando hay un estancamiento de KI en algún lugar de estos meridianos. Aunque se haga algo para mejorar la fluencia de esta energía en el punto de estancamiento, en tanto y en cuanto no se elimine la causa básica de dicho bloqueo, la enfermedad se reproducirá, pues no se ha eliminado la raíz del problema. Llamo “causa” a poder comprender el mecanismo de aquellos hábitos, comportamientos y costumbres que llevaron a la aparición de la enfermedad. Enfermedad que se revela en el campo físico, pero que, a decir verdad, comienza en los cuerpos sutiles, como la mente y las emociones. De manera que cuando el nudo no puede ser desatado en esos cuerpos, el físico es el que termina mostrándonos más claramente lo que ocurre.
Los ejercicios de CHI KUNG se realizan en una secuencia específica para facilitar la fluencia de KI en el orden apropiado a través del cuerpo.

El principal órgano responsable de la circulación de KI es el corazón, considerado en la medicina oriental como soberano de todos los otros órganos. La función del corazón puede considerarse como similar a la conciencia de un individuo. La conciencia actúa uniendo muchos elementos diferentes de manera que formen una totalidad unificada. O dicho de otro modo: la conciencia nos devuelve la memoria de que, en realidad, nada está separado y todo se mueve dentro de esa unidad, manifestándose de formas diferentes. La ola en el mar se hace visible por su movimiento y tamaño, pero no es distinta de su origen, de hecho, cuando se agota como tal, vuelve al mar sin que nos sea posible volver a distinguirla.

Por estos días, la neurocardiología está descubriendo lo que para muchas culturas ancestrales fue y representó siempre este maravilloso órgano, el centro de control de nuestra conciencia o la conciencia misma. Algo así como un segundo cerebro, o quizá el más importante de los dos en esto de actuar en concordancia con las sensaciones básicas y elementales de nuestra naturaleza intrínseca. La que se expresa sin los preconceptos ni resistencias nacidos de nuestra crianza, educación, formación académica o cultural.
Esta conciencia, la del corazón, es capaz de actuar antes que el propio cerebro a la hora de evaluar lo que ocurre en nuestro interior, como también a nuestro alrededor, a partir de la intuición.
Hoy se sabe que el corazón envía más señales electromagnéticas al cerebro de las que recibe de éste. O que el corazón tiene memoria de corto y largo plazo, y que se pueden medir sus ondas electromagnéticas a varios metros de distancia, mientras que las del cerebro sólo se captan a unos pocos centímetros.

Su latido marca el ritmo de cada célula y, cuando está en sintonía con el cerebro (hacer lo que se siente y se piensa), ambos logran que podamos llevar una vida más calmada y en paz.
Aunque resulte difícil de creer, también puede, y así se ha demostrado, influir en terceras personas, es decir, cuando por ejemplo vemos a alguien comportándose hacia otros con amor, altruismo y compasión, nuestro corazón se sincroniza con el de ellos, aunque los involucrados nos sean totalmente desconocidos, ratificando que no sólo nos alimenta lo que entra por la boca.

Se ha probado en laboratorios con personas que se encontraban delante de una computadora mirando imágenes de diversa índole, las cuales no eran seleccionadas por ellas, cómo el corazón podía anticipar sensorialmente la imagen siguiente antes de que ésta fuera vista por el ojo humano.
Atendiendo a esto, el CHI KUNG y la MEDITACIÓN (de igual modo puede ocurrir con otras disciplinas o expresiones artísticas) nos permiten vivenciar la presencia de esta conciencia que nos aporta el corazón, ya no sólo como órgano que bombea sangre.
La conciencia actúa como el centro hacia el que son atraídos los diversos componentes, organizándose a su alrededor para trazar una distinción entre el ser y el no ser.

Cuando trazamos un círculo, decidimos primero el centro y luego trazamos a su alrededor el círculo. Sin embargo, el centro y la periferia se forman simultáneamente.
La vida, que se ha originado como una faceta de la naturaleza, fue dotada quizá con la capacidad de servir como parte integrante de la totalidad de la naturaleza uniendo elementos separados. La capacidad de distinguir una parte de la totalidad creció con el desarrollo de la conciencia y comenzaron a aparecer sobre la tierra organismos que podían adaptarse libremente a las contingencias, gracias a la modificación de su conducta, que les llevaba a ajustarse a las circunstancias. Esa es la función de nuestra conciencia.
Mediante el trabajo de la conciencia humana, se crearon cosas que nunca habían existido en la naturaleza, y la socialización, el lenguaje y la especialización en el trabajo condujeron finalmente a la creación de la civilización.

Sin embargo, hoy en día, las creaciones del hombre, habiendo llegado demasiado lejos en la dirección de la mente consciente, se van alejando cada vez más de la esencia de la vida.
Como las palabras se desarrollaron por la necesidad de la mente consciente de distinguir las cosas, calificarlas, enumerarlas, etc., es natural que convengan más para explicar los asuntos pertenecientes a la esfera de la mente racional. Ser lógico es ser coherente con los conceptos verbalizados y el pensamiento racional tiene lugar dentro del medio de las palabras.
Las expresiones utilizadas por los occidentales son convenientes para explicar el mundo físico porque el ser y los otros se distinguen claramente. En japonés, sin embargo, las expresiones tienden a enfatizar el significado interior, o el “corazón” de las cosas, por lo que ese significado resulta a veces vago para los extranjeros. A pesar de ello, hay ocasiones en las que una utilización menos rígida de las palabras resulta más útil, pues puede ser un medio de comunicación, corazón a corazón, que transmita cosas que estén más allá de las palabras.

Los movimientos de Chi kung se ejecutan siempre como una secuencia total de acciones, y por tanto, son en gran parte inconscientes. Lo que se intenta decir es que la mente consciente sólo dirige el comienzo y el final de los movimientos sin implicarse en la ejecución de todos los detalles de estos. La mente consciente sólo funciona en una gama especial limitada y actúa principalmente en estructuras de tiempos fijas.
Cuando aprendemos una serie nueva de acciones, primero desglosamos en partes todas las secuencias para que cada una de ellas pueda ser aprendida individualmente, pero no puede decirse que las acciones hayan sido aprendidas hasta que una persona pueda realizarlas todas juntas como una totalidad sin una deliberación consciente.
Cuando una habilidad adquirida se utiliza repetidamente, hay que eliminar el elemento consciente para que la habilidad se vuelva habitual e inconsciente.

Muchos suponen que nuestros músculos voluntarios (sistema músculo-esquelético) se mueven siempre bajo nuestro deseo consciente. Pero para realizar movimientos delicados, se requiere la participación inconsciente de muchos músculos, pues en un movimiento dado no podemos controlar todos y cada uno de ellos.
Cuando se dice que un ejercicio debe realizarse rítmicamente o con fluidez, lo que se quiere decir es que el ejercicio se debe practicar menos conscientemente.
Para mí, esto se lee como: dejarnos hacer por el ejercicio, en lugar de estar controlándolo todo el tiempo.
La mente consciente se puede aplicar en el aprendizaje de movimientos nuevos basados en un nivel específico que trata de tener un efecto también específico.
Esos ejercicios pueden parecer al comienzo útiles y eficaces, pero están apartados de la esencia verdadera del movimiento. La motivación para hacer ejercicio puede variar, pero todo individuo debe experimentar la unidad esencial para permitir la espontaneidad sin la necesidad de ser conciente de toda diminuta distinción. Idealmente, los movimientos deben repetirse para que los detalles se aprendan naturalmente mientras se ejecutan, para que se vuelvan parte de uno mismo.

Como final, y sintetizando lo expuesto hasta aquí, digo: aprendamos la biomecánica del movimiento para abrirnos y soltarnos, animándonos a ser uno con nosotros mismos, para que luego, despojados de todo pensamiento, escuchemos “hablar al corazón” siguiendo su ritmo, su música; esa pulsión que vitaliza a un mismo tiempo todos los cuerpos en una unidad sinfónica de armonía y equilibrio.


Publicado por Claudio

lunes, 30 de agosto de 2010

La taza de té


Según una vieja leyenda, un famoso guerrero, va de visita a la casa de un maestro Zen.
Al llegar se presenta ante éste, contándole de todos los títulos y aprendizajes que ha obtenido en años de sacrificados y largos estudios.

Después de tan sesuda presentación, le explica que ha venido a verlo para que le enseñe los secretos del conocimiento Zen.

Por toda respuesta el maestro se limita a invitarlo a sentarse y ofrecerle una taza de té.

Aparentemente distraído, sin dar muestras de mayor preocupación, el maestro vierte té en la taza del guerrero, y continúa vertiendo té aún después de que la taza está llena.

Consternado, el guerrero le advierte al maestro que la taza ya está llena, y que el té se escurre por la mesa.

El maestro le responde con tranquilidad "Exactamente señor. Usted ya viene con la taza llena, ¿cómo podría usted aprender algo?".

Ante la expresión incrédula del guerrero el maestro enfatizó: "A menos que su taza esté vacía, no podrá aprender nada"


Cuento Zen



Publicado por Claudio

domingo, 22 de agosto de 2010

El japonés loco




El artículo que días atrás subí al blog sobre la vida de Masanobu Fukuoka fue leído por varias personas, entre ellas, Alejandra, una de mis alumnas. Alejandra me comentó que, al hacerlo, sintió que daba un salto inmediato a su infancia, pues el japonés de mi nota le recordó a otro señor de aquellas lejanas tierras orientales que un buen día había recalado por su barrio. Un barrio del sur del gran Buenos Aires que, como muchos otros, tenía entre sus parroquianos a ese personaje mal tildado de “loco” al que, a pesar de los pesares, siempre acababa por ganarse el cariño de más de uno y, sobre todo, el de los chicos.
Aquí paso a narrarles la particular vida de “el japonés loco”, como Alejandra me la contó.

Cuando Alejandra era muy chiquita, unos tres años, según recuerda, llegó a su barrio, allá por las cercanías de la estación de José Mármol, un japonés que, según decían, había escapado de la guerra. Hablaba solo y no se le entendía nada. Todos aseguraban que estaba loco.
Primero, vivía en la calle, y un tiempo después, la peluquera del barrio, que compartía casa con su madre ya muy anciana, lo dejó habitar el terreno de al lado, en el que los yuyos alcanzaban a sobrepasar el metro de altura.

"Hito", así se llamaba, armaba su casa tejiendo los yuyos altos y gruesos con otros más finitos, ante la mirada incrédula de todos los chicos del barrio que, a la hora de la siesta, se escapaban para verlo, bajo la advertencia de no acercarse al "japonés loco", al que la mayoría de los adultos temían. Muchos adultos le temían, menos Nana, que también había pasado guerra y hambre, y Aída, su nuera, que por naturaleza o por conocer su propósito en la vida, amadrinaba a todo aquél que lo necesitara.
Por aquellos días de inviernos ríspidos y veranitos de vereda y charla hasta entrada la noche tarde, Nana y Aída - me comenta Alejandra con la voz entrecortada - se convertirían para mí en abuela y madre, de ésas que nos da la vida y que adoptamos sin dudar. Hadas protectoras, compinches, sanadoras de Merthiolate y beso; de pasado recio y cicatrices, pero sin tiempo para mirar atrás. Es más - señala - pensaba entonces y también ahora que tanto era el amor que cabía en esas mujeres que no podían otra cosa que regarlo a los cuatro vientos, si hasta el japonés, a su modo, les decía “familia”.

Poco a poco, Hito fue levantando paredes y techo de yuyos tejidos que cortaba con las manos haciendo una especie de cuadrados en la tierra, y en los pocitos que quedaban ponía semillas y las tapaba con tierra flojita que esparcía frotando las manos mientras les señalaba a los chicos el sol y la bomba de agua... Otro modo de decir y practicar: “enfócate en tu dicha que el Universo hará el resto”.

Con las bolsas de arpillera que le habían dado, se cubría del frío, y a veces, cuando salían los chicos rumbo a la escuela muy temprano, en medio de la escarcha, encontraban los lugares que Hito había sembrado, tapados con esas mismas bolsas.

El japonesito loco fue volviéndose parte del paisaje, de las calles empedradas, de la estación del ferrocarril, del almacén de la esquina, de las casas bajas.
Mientras tanto, sus verduras fueron creciendo lenta y sabiamente, ayudando a tejer otros lazos, en este caso, los de él y las gentes del barrio; lazos que derribaron prejuicios, dudas, miedos, y hasta enseñaron que la locura, de alguna manera, también era un poco de todos y que la “cordura” se curaba con una buena porción de amor a mano llena, como cuando él, sonriente, daba sus verduras a sus vecinos repitiendo las dos únicas palabras que había aprendido: “sí” y “gracias”. Como si se precisaran muchas más, ¿verdad?

Hito nunca dejaba de sembrar. Si bien con el tiempo y algo de ayuda, tuvo su casucha de material con puerta de chapa, eso no daba razón para abandonar la casita de yuyos tejidos; y es que allí guardaba sus tesoros: las semillas, el balde con agujeritos y las bolsas de arpillera...
Alejandra me relata esto con la misma mirada de incredulidad con la que seguro veía a ese hombrecito hacer de ese pajonal un verdadero vergel.

Por las noches, cuando los grandes miraban televisión y los chicos jugaban a las escondidas en la calle, él, con la vista en las estrellas, fumaba su pipa y hablaba solo... como de costumbre, sumergido en su particular misterio, ése que a muchos tanto les fascinaba, pero que Hito sabía guardarse para sí.
Cuando lo veía de esa manera - rememora Alejandra - absorto en su mundo interior, en su cielo de luna y estrellas, me preguntaba si realmente vendría de Japón, de otro planeta o era un ángel y que por eso nunca supimos entender muy bien lo que decía.

Pero la verdad es que con los años, poco acabó importándoles su lenguaje o de dónde vendría, les bastaba ver lo que hacía y cómo se comportaba, aprendiendo a respetarlo y dejarlo tranquilo vivir su vida, porque en el fondo presentían que, de alguna manera, él también los ayudaba a vivir la suya.
Tanto es así que cuando jugaban en los vagones del tren, en las vías muertas de la estación, él se sentaba lejos en el callejón, sobre los durmientes, como quien mira sin mirar, pero sus ojos no se apartaban de los chicos ni por un segundo. Nana le traía, como todas las tardes, pan de naranja y mate cocido, y le decía algo en italiano. Riendo, Alejandra me confiesa: nunca supimos cómo se entendían esos dos, aunque para la compasión no hacen falta palabras, ¿no? El se comía parsimoniosamente su merienda y no se movía de allí hasta que cada uno se iba a comer su merienda, cada quien a su casa.

Como ocurre siempre en estos y otros barrios similares, algunas casas comenzaban a sufrir los embates de la modernidad y eran derrumbadas, y con ellas, las paredes escritas de llanto, sopa, navidades, esperanza y humo de espiral. Vecinos nuevos llegaban a aposentarse en sus novedosos departamentos, como nichos, entre los que rara vez se verían; y a medida que nuestros huesos se alargaban y el horizonte se volvía más tentador, nos íbamos marchando, me cuenta Alejandra con los ojos húmedos. Y agrega: pero, en el fondo, tengo la impresión de que nunca nos fuimos del todo, o quizás, siempre estamos regresando, como decía Pichuco, igual que ahora, cuando al leer cómo Masanobu Fukuoka ocupa su existencia sembrando la tierra con semillas de mandarinas, tomates o arroz, vuelvo otra vez al barrio, a todo aquello, al menos por un rato, para agradecerle a las Nanas, a las Aídas y a ese japonés loco, más cuerdo que muchos de nosotros, por haber sembrado ese pedacito de tierra en mi amado José Mármol, lo mismo que en mí, aquí, ¿ves?, justo aquí, en mi corazón y en nuestras almas.





Publicado por Claudio

domingo, 15 de agosto de 2010

El señor de las semillas



Mientras releía uno de mis libros de preferencia, Yoga del Agua del autor Carmelo Ríos, reparé en un capítulo dedicado a hombres y mujeres comprometidos de diversas maneras en ayudas humanas y planetarias, entre los que se destacaba un tal Masanobu Fukuoka. Coincidentemente por estos días, una amiga muy querida, que lleva varios años radicada en España, me envió por Internet un boletín sobre Vegetarianismo en el que también aparecía un artículo sobre el señor Fukuoka.
Atendiendo a estas señales, nada casuales para mí, decidí dedicarle al Sensei Masanobu Fukuoka unas cuantas líneas en mi blog para que ustedes también conozcan un poco de la vida de este casi nonagenario japonés, que desde hace cincuenta años lleva adelante la tarea de “sembrar de semillas el mundo”.

Poeta, filósofo, escritor y científico de profesión, Masanobu Fukuoka, un buen día decidió abandonar su función gubernamental como científico e inspector en el Departamento Agrícola de su país, quizás por notar espantado cómo los humanos íbamos cayendo en tan dramática desnaturalización, y recluirse en su pequeña granja con la intención de “Estar aquí, cuidando un pedazo de tierra, en plena posesión de la libertad y plenitud de cada día”, como él dice.

Su amor incondicional, universal, tierno y compasivo hacia la naturaleza hizo que transformara montañas yermas en verdaderos jardines de plantas, flores y bosques.
Un edén que ha construido con sus propias manos, sin recursos, sin productos químicos, a prueba y error, logrando reverdecer, como digo, zonas inhóspitas.
Fukuoka explica: “Hace más de cincuenta años planté las primeras semillas, al año siguiente traje pájaros y animales. Dios se ocupó de hacer lo demás”.

Masanobu Fukuoka piensa que la clave de la regeneración de la vida en el planeta Tierra se encuentra en las semillas. En efecto, las semillas que tanto ama son portadoras de un KI (energía) muy poderosa (en excavaciones arqueológicas se han encontrado granos de maíz y trigo datadas hace miles de años, que han visto germinar en laboratorios), capaz de almacenar la información genética y del secreto designio del universo.
La difusión de esporas o semillas es el sistema más comúnmente utilizado por la Madre Naturaleza, ya se trate de un fruto, de un ser vivo de cualquier especie o de un cometa. Los cometas, como espermatozoides gigantescos, sembrando las semillas de la vida a través del útero cósmico.

Son muchos los seguidores de la sencilla doctrina del maestro Fukuoka.
Esta doctrina proclama: “Hacerse a un lado, abrir la puerta, dejar entrar el milagro de la vida en nosotros mismos, en cuanto nos rodea. Sólo dejar obrar a la fuerza misteriosa de la naturaleza. Las hierbas y las malezas han sido mis maestros. Ellos me han enseñado esta forma natural de plantar y cultivar”, afirma.

Hace años, Fukuoka hizo un genial descubrimiento, que él minimiza diciendo que “sólo me ocupé de imitar a la naturaleza”. Simplemente mezcló semillas con arcilla, primero a mano y luego con la ayuda de una hormigonera, hasta convertirlas en bolitas de vida que arrojaba a los cuatro vientos. De esta manera, evitaba que las semillas fueran comidas por los pájaros. Luego la lluvia hacía el resto de la tarea deshaciendo la arcilla y enterrando la semilla.
Lo que parece una manera revolucionaria de sembrar es, en realidad, el haber tenido la sensibilidad y observación suficientes para notar cómo la naturaleza hace su trabajo y simplemente, seguir el mismo curso.
Esto lo llevo a sus Cinco Principios de Cultivo Natural.

Primero: No labranza, no voltear la tierra. Ella se cultiva a sí misma por medio de las raíces de ciertas plantas, microorganismos y lombrices.

Segundo: No al uso de fertilizantes químicos-sintéticos o incluso composta preparada. Si a la tierra no se la explota, el suelo tiende a mantener naturalmente su fertilidad.

Tercero: No desyerbar por labranza o herbicidas. Las “malas yerbas” no existen; lo que hay es un mal uso de las plantas, pues las hierbas juegan un papel importante en la fertilidad y balance de la comunidad biológica.

Cuarto: No usar pesticidas químicos-sintéticos porque estos matan indiscriminadamente la
riqueza biológica del suelo, aire y flora. Las plagas son producto de monocultivo y suelo artificial sin humus.

Quinto: No podar. Los árboles y plantas deben seguir su propia forma natural y eso evitará la necesidad de poda.
Fukuoka sostiene: “No necesitamos dinero ni organizaciones, sólo sembrar con el alma para que crezcan mejor. Cuando sembramos, somos como Dios”.

Para Masanobu Fukuoka, la naturaleza es una unidad. No hay principio ni final. Sólo flujo interminable y una metamorfosis continua de todas las cosas. “Hay que observar actuar a la naturaleza a distancia, sin intervenir, y regresaremos a ella porque también somos parte de ella”.
Por debajo de esta sencilla doctrina, se esconde una verdad estremecedora: desposeerse de uno mismo, purificarse, retornar a la suprema sencillez, no interponerse, dejar hacer.
Su experiencia en el terreno científico lo colocó en una postura sumamente crítica ante la manipulación genética de los alimentos, la clonación y otros “avances” científicos, por estar estos en manos de seres humanos con escasa capacidad moral para comprenderlo y utilizarlo según la suprema ley de la armonía que rige el universo. “La ironía es que la ciencia ha servido solamente para demostrar cuán pequeño es el conocimiento humano”, sentencia.

Fukuoka vive básicamente de la venta de sus frutas y verduras orgánicas, cultivadas en su huerta, la cual consiste en media hectárea para el cultivo de arroz, cinco para naranjas y mandarinas, flores, plantas medicinales y de olor, verduras creciendo entre los árboles, hierbas silvestres y frutales.

Leyendo todo esto, puedo trazar un paralelismo con mis actividades, Chi Kung, Shiatzu, Reiki, Meditación... que a la hora de aplicarlos, como Fukuoka sus semillas, trato de hacer lo que hay que hacer sin interferencias para que sea el propio cuerpo quién tras la vivencia o estimulo recibido, haga su particular proceso, hasta alcanzar el flujo armonioso de su circulación energética.
Al ver cómo esto se genera, también me surgen estas preguntas: ¿qué otras trascendentes semillas podríamos sembrar adecuada y concientemente y, al igual que Fukuoka, hacerlo sin forzar a la naturaleza a sumirse a nuestros caprichos inseguros y temerosos? ¿Semillas de odio, ira e ignorancia, o de amor, tolerancia, y compasión? Que cada uno nos sintamos responsables y libres de optar lo que deseemos sembrar, sabiendo que eso cosecharemos.

Por último, les dejo estas palabras del Maestro, mientras arroja semillas, arropado a la usanza del campesino japonés, sonriente, de barba blanca y con su sombrero de paja: “Deberías esparcir la tierra de semillas y después danzar y tocar el tambor, para atraer la lluvia”.



Fuentes consultadas:
Libro: Yoga del agua – autor Carmelo Ríos de Ediciones Gaia.
Página web: www.tierramor.org

Publicado por Claudio