miércoles, 31 de marzo de 2021

Ser alguien. Ser eso.



En la práctica de meditación de esa mañana, apareció un muchacho nuevo entre los muchos practicantes habituales Al finalizar la práctica, el maestro lo diviso y mirándolo desde el fondo de su Ser, pregunto: ¿Y tu quién eres? a lo que el muchacho, presuroso, contesto pronunciando su nombre. 

El maestro contesto: "no te pregunte cómo te llamas; te pregunte quién eres".

El novicio, algo más incómodo por la situación, buscó en su mente la respuesta apropiada, más por no pasar verguenza que por que supiese qué contestar. Sin embargo, a cada cosa que refería sobre su persona, el maestro refutaba con un: "no te pregunté de dónde eres, a qué te dedicas o, a qué has venido, sólo pregunte, ¿Quién eres?" Un silencio no descriptible se apodero del recinto; minutos después, todos se levantaron de su sitio y abandonando la sala para continuar con las actividades del día; el joven iniciado, se alejo mirando el suelo.

Al nacer, no somos alguien. Estamos vacíos de cualquier contenido cultural, ideológico, creencia o costumbre. Algo que dura poco, como es de esperar, si lo vemos en un sentido práctico; ese vacío que es nuestra presencia existencial, es llenada por todo cuanto haga al acerbo étnico y cultural en el que hayamos nacido.

Como digo, que portemos un nombre, una nacionalidad o una lengua, no es el problema; después de todo, nos serán útiles para, como mínimo, sobre vivir y desarrollarnos en este mundo material.

El proceso arranca cuando desde la primera infancia, ya se nos comienza a instar en que "debemos ser alguien" si deseamos ser reconocidos o valorados, de lo contrario, de no atender los mandatos sociales que de nosotros se esperan, la mirada que se nos echará podría conminarnos al desprecio, la indiferencia o, incluso, ser tildados de locos si no cumplimos con las normativas que nos "aseguran ser vistos como normales" Los condicionamientos suelen dar una plataforma, sobre todo, para quienes aún no saben qué quieren de su vida, mientras se dejan amoldar por lo establecido. Lo cierto es que, no son estas personas las que hacen la diferencia con la que pueden abrir las puertas a la evolución sino, las que siguen a su corazón y se echan a la mar de la vida para cumplir su misión, con aquello que han venido a aprender y enseñar. Misión que muchas veces se convierte en un faro para que tantos más se vistan del coraje necesario y crezcan.

Básicamente, la carencia esencial de amor con la que mucha gente es criada, fortalece estos aspectos negativos de la persona los que, de no corregirse, lo pueden condenar a una vida de sufrimiento e inestabilidad emocional la que infructuosamente se busca compensar con objetos, dinero o fama.

El problema, en verdad, es cuando caemos en la sutil trampa de, "soy lo que hago o, soy lo que tengo". Esto es, identificarnos con quién creemos ser y entonces, muy seguros de saber "quiénes somos", andamos por la vida sin siquiera imaginarnos que, en realidad, ese que decimos ser, es sólo una máscara (persona). Una figura con la que nos mostramos ante los demás. El carnet de identidad.



Volvamos a la relación maestro discípulo. 

Habiendo pasado ya varias semanas del primer encuentro, el discípulo pidió al maestro una entrevista para poder indagar sobre este asunto, a lo que el maestro accedió.

Cuando estuvieron juntos, el aprendiz volvió sobre el tema, porque lo intrigaba e incomodaba descubrir que quién creía ser, y todo lo que a ese ser pertenecía, al parecer no era así  y dijo: ¿Quién se supone que soy?  ¿Puede usted decirme, Maestro? Cuestionó, con un dejo de intranquilidad

El maestro comento: No hay manera alguna de que yo o alguien, pueda contestar a esa trascendental pregunta, estimado alumno. En primer lugar porque, toda pregunto sobre uno mismo, nadie más que uno la puede llegar a responder. Segundo, si la pregunta no nace del fondo de tu alma, mejor descartarla porque, sin notarlo, será una artimaña más de tu ego que, temeroso de no tener el control, buscará una respuesta que lo satisfaga aunque, no será otra cosa que una faceta más de sus otras muchas.

Sin embargo, cuando tu mente, calmada de siempre andar queriendo, pensando y desando algo más se aquiete, cuando dedicado completamente a lo que en ese momento estés haciendo, si la pregunta de, "quién soy", llegase a emerger, entonces, dejala que se pasee por todo tu cuerpo, no la interrumpas apresurando definiciones que tu cerebro nunca podrá darte. Simplemente, hace de la pregunta tu práctica. Come con ella, dormí con ella, medita con ella, lava tus ropas sintiéndola pero, sin buscar nada.

Si la revelación llega, no dependerá de tu voluntad sino, de tu entrega. Entrega significa, completa confianza en Eso, En la Budeidad, El Tao o Dios. Entrega que se aprende a realizar a partir de tu práctica de meditación diaria. Sin meditación, no te será posible trascender el personaje o la persona.

Un personaje que puede darte ciertas alegrías o satisfacciones, por qué no. Probablemente un buen trabajo, una pareja amorosa, hijos, acomodada posición social. Eso si, si aún teniendo todo lo que tu persona anhela, un día cualquiera sentís el vacío llamándote, no te demores, deja momentaneamente todo cuanto te ocupe y sumergite en ese vacío, en tu sí mismo. Mira, comprende y acepta a esa persona que decimos ser. No la culpes de lo que no pudo hacer de otra manera y con el tiempo de habitarte atenta y conscientemente, quizás, un buen día descubras que tu persona, más y mejor afinada, como un bello instrumento, ya no es la que "manda", desde el temor, la culpa o el rencor, por así decirlo y sí, tu Ser. 



"Ser alguien" conscientemente, a los fines cotidianos o, el traje que portamos y con el que nos movemos por la vida diaria sin ya ocuparse de nada más que de tus asuntos responsablemente y en paz con vos mismo y tu historia personal, es lo que sucede cuando hemos atravesado las creencias, los hábitos o costumbres y ahora, centrados desde el Ser, simplemente somos. Somos sin adherencias partidarias de algún tipo porque hemos aprendido a ir más allá de pertenencias limitantes. 

Somos a partir de saber que, como el gran Maestro decía: "Estamos en el mundo sin ser del mundo".

Estamos en el mundo y en un cuerpo que, conscientemente está pasando. Pasando, aprendiendo y dejando ir en completa gratitud.

Maestro: "Cuando tengas hambre come", "Cuando estés cansado, descansa" "Cuando sientas lo que sea que sientas, sentite". Sin expectativas, sin deseos, sin querer algo o controlar alguna cosa. Solo SE.

Daniel Shodo

martes, 16 de marzo de 2021

La calma y el estrés dan un paseo



Una mañana bien temprano, la calma invitó al estrés a dar un paseo. El estrés, presuroso, como de costumbre, acepto preguntando, ¿a dónde vamos y qué hay para hacer ahí?

La calma respondió con una leve sonrisa y se echó a andar. A los pocos minutos el estrés volvió a preguntar, ¿a dónde vamos?

No sé, respondió la calma sin prestarle mucha atención ¿no te agrada lo que ves? El estrés la miró frunciendo el ceño y contestó: pero, ¿Qué sentido tiene caminar sin rumbo fijo y para no hacer nada o no ganar algo?

La calma continuó caminando con tal decisión que el estrés, tentado por el desafío de ver si la convencía de encontrarle sentido al paseo, la siguió unos pasos más atrás, pero ahora, un tanto más molesto.

El enojo del estrés no se hizo esperar pues, como todo estrés que se precie de tal, no concibe la vida sin metas ni expectativas -  no voy a seguir con tu juego porque todo esto es una pérdida de tiempo, ¿a quién se le ocurre caminar por caminar sin un propósito? -  protestó airado -

La calma prosiguió a paso cansino respirando, mirando todo a su alrededor. Incluso, por momentos, se detenía largo rato para apreciar el cielo, los árboles, los pájaros y sonreía agradecida por tanta belleza, lo que irritaba aún más al estrés que, por no declinar en su lucha por doblegarla, le siguió el tranco no sin objetar cada una de sus acciones. Ella, pese a los berrinches y amenazas constantes que recibía, no se dejó amedrentar y continuó andando.

Algo más tarde y viendo que la calma nunca perdía su esencia a pesar de los muchas artimañas que el estrés buscaba imponer, éste optó por increparla y mirándola directo a los ojos comenzó a vociferar: ¿De qué vale una vida sin lucha, sin esfuerzos, sin doblarse la espalda hasta alcanzar la gloria y que todo el mundo te mire orgulloso por haberlo logrado? la calma, sin perder la calma, preguntó: ¿A eso llamás vida?  Acaso, ¿Sos de los que creen que sólo vale la pena vivir si es con el sudor de tu frente que te ganarás el pan? ¿De los que nada más conocen de vivir como se les ha educado, moldeado según el sistema de creencias y nunca, como el corazón llama? - Concluyo -

¿Y qué otro modo hay de ser exitoso en esta vida si no es saliendo a pelarlo todo, a competir y llegar a cada sitio que nos propongamos? -  exclamó el estrés con mucha furia .y esperando una respuesta que lo declare vencedor, pero, inesperadamente, noto que la calma le devolvió la mirada con dulzura, lo cual desconcertó al estrés pues, no encontró en esos ojos ni un gramo de incomodidad, mucho menos, de enfado. Convengamos que el estrés sabe más de ojos serios, inquisidores y centrados en su presa, que nada que se pareciese siquiera un poco a ese mirar que ella le ofreció.  



La calma se tomó unos instantes y echando mano de su experiencia y como dijese un viejo sabio, sentenció: - imagina por un momento que hayas logrado poseer cada centímetro cuadrado de esta tierra y todos sus tesoros, Que seas amado e idolatrado por toda la humanidad y que no te haya quedado absolutamente nada por ganar, ¿Qué harías luego? y, sabiendo que un día morirás, ¿a dónde te llevarías todas tus propiedades y pertenencias? Esas palabras cayeron con la contundencia de un rayo y por primera vez, en todo el paseo, el estrés enmudeció; su rostro se empalideció y una sensación de vértigo y sudor frío, lo envolvió hasta el desmayo.

Quizás fue la falta de hierro, el factor sorpresa o, simplemente, que empezó a sentir los dolores y pesares del desgaste, de la energía de la ira que lo condujo a la tristeza y a un miedo que no lograba controlar. Lo cierto es que por primera vez, el estrés quedó tan shockeado por la impotencia de no saber  qué respuesta dar, ante lo incontrastable de la realidad y el amor incondicional que la calma emanaba que, apenas atino a quedar inmóvil, como un niño desamparado bajo un vendaval.

De repente, lo sacudió una sensación de no saber quién era, ni dónde ubicarse en este mundo, ahora sin rumbo fijo conocido, ni exigencias o mandatos que cumplir, lo que propiciaron las condiciones naturales para que, luego del sopor y el mareo, el estrés soltara toda resistencia y se animase, por fin, a dejarse ir. 

Ante el hecho consumado, el estrés echó mano de un último intento en la partida y como quien añora algún pasado lejano que ahora y por el agobio del presente, lo recuerda con un dejo de romanticismo y deseo prometedor, pensó: "qué bueno si estuviese de nuevo allí, donde todo era controlable y seguro, en lugar de seguir los pasos de alguien que vive sin sentido ni propósito" Luego se hundió en un sueño profundo y reparador, como hacía meses, quizás años, no experimentaba.

La calma lo tomó en sus brazos y como el niño que alguna vez fue, él se sintió conmovido por un amor que los miedos, el resentimiento y el orgullo mal habido, le habían dejado tirado en un rincón muy oculto en su Ser.



La calma, en un gesto de misericordia, lo invitó a sentarse a la orilla de un lago y le preguntó: ¿Qué ves?

Agua,  contestó él, con una sensación de pérdida. Simple, ¿verdad? Agua siendo agua; como la vida, siendo vida, ¿Qué más? - replicó la calma y agrego: - podes ocuparte de cuanto necesites, quieras o gustes, pero, si en ello te va la vida y la salud. Si te aleja de tu centro, del amor verdadero y te debilita en lo humano, volviendo lo simple en complicado y fácil en engorroso, ¿tiene sentido buscarle utilidad a todo, para no gozar del sosiego y nunca abrazar la emoción de dejarse mecer por la existencia?

¿Y qué sentís, al ver el lago?  - Preguntó la calma - 

Tardo en contestar porque noto que las palabras no eran suficientes para explicar que todo su ser, ahora más liviano y sin tensiones, comenzaba a regocijarse en la serenidad de ese paisaje y entonces, lloró. Rompió sus defensas, esas que lo protegían pero que a su vez le impedían SER y lloró. Lloro largo rato sus propias aguas, y a medida que las lágrimas se amontonaban en su rostro, en sus labios, lo conmovió observar que ahora él se había vuelto calma, la misma calma que lo había acompañado durante todo el viaje pero que, ganado por sus implacables deseos de triunfo y satisfacción, jamás le permitieron percatarse de que, en realidad, su sí mismo, la calma, siempre había estado en él, aguardando el momento donde todo fuese propicio para nacer, por segunda vez, como se suele decir para indicar que hemos dado el paso correcto hacia el despertar de la consciencia. Nacer a un estado mental y emocional más elevado, donde el amor de verdad habita y nos habita y desde donde todo se torna más pleno y claro.

 Feliz por el salto y el coraje de darlo, el entonces estrés, río ampliamente complacido del maravilloso descubrimiento que había debajo de una gruesa capa de ignorancia y heridas nunca antes sanadas, 

Algo más repuesto del parto, miró a su lado y observó que la calma, ya no ocupaba un cuerpo, un sólo espacio sino, que donde volcase sus ojos, ella, allí estaba porque en verdad, donde él fuese, la llevaba.

Daniel Shodo

viernes, 12 de marzo de 2021

Chi Kung: Un viaje a casa

Vayamos a donde vayamos y por la razón que sea, más tarde o más temprano, siempre volvemos a casa ¿no es verdad?




Cuando practicamos Chi kung, aprendemos a reconocer como casa, este cuerpo mente. 
A medida que vamos transitando los días, meses y años de práctica, pasamos de una relación casi automática y en ocasiones superficial, a otra más consciente, plena y profunda. Pasamos del poco o nulo amor por la vida a un respeto y gratitud indescriptibles. Sobre todo, comprendemos que si no comenzamos por saber cómo y de que manera es, funciona y se vincula este cuerpo con sigo mismo y su entorno y que esto se aprende habitándonos conscientemente, difícilmente lleguemos a saber cómo hacerlo con el techo que se yergue sobre nuestra cabeza, los demás y el planeta.

Una vez que nos vamos familiarizando con esta casa/cuerpo, descubrimos que en ella o él, hay un sitio que los chinos llaman Tan Tien, los japoneses Hara (ver foto) y que yo denominare, el hogar.
Esa zona del abdomen es conocida desde siempre como el centro de gravedad del cuerpo humano. Los orientales, a diferencia de la mirada de occidente sobre el cuerpo humano y a partir de la experiencia con estas prácticas ancestrales, (Chi Kung, Tai Chi, Yoga o Meditación), siempre supieron que, además de ser nuestro eje central, es un campo de enorme energía vital desde el cual toda nuestra existencia se vale para su desarrollo y funcionamiento.
Aclaro que todo el cuerpo es esencial y es, también, energía vital. 
Haciendo un paralelismo con las corrientes marítimas, que muestran el potencial de agua circulando a lo largo y ancho de todo el planeta por canales específico sin que por ello, el resto del agua circundante deje de ser energía. Volviendo a nuestra casa, esos centros o canales de Chi, poseen una cantidad de electro magnetismo mayor que las áreas que la rodean; de ahí su importancia; más aún si entendemos la relación intrínseca de estos meridanos de energía con los órganos, vísceras, glándulas endócrinas, como con el sistema nervioso central, por ejemplo.


EL tan tien se encuentra a unos tres dedos por debajo del ombligo,  a unos tres o cuatro centímetros dentro del abdomen y tiene un diámetro de diez centímetros.


Cuando practicamos Chi Kung solemos hacer hincapié en la atención en esta zona del cuerpo, tanto sea porque la vamos a trabajar específicamente o, para que desde ella, sepamos cómo asentarnos o movernos para luego regresar a ese punto. Dicho de otro modo: "Donde todo comienza, termina".
Se utilizan formas de movimientos encadenados, como posturas estáticas y la respiración pero, el aspecto a observar es que la mente esté enfocada en el Tan tien como en la totalidad de lo que estamos haciendo y sintiendo, pues, donde va la mente, va el Chi.

Esta practica favorece un aspecto destacado sobre nuestra humanidad que es, en primer lugar, reconocer cuando no estamos en este hogar, producto de encontrarnos mentalmente dispersos o atados a  pensamientos rumiantes; cuando nos desbordan las emociones o las reprimimos, así como cuando nos encontramos demasiado aferrados al suelo, a lo material (trabajo, dinero, consumo), ya que, asimilada la existencia de dicho centro energético u hogar, podemos, atención mediante, regresar a casa, a nuestro refugio no para ocultarnos sino, para volver al eje de nuestra vida y una vez allí y valiéndonos de la respiración como vehículo esencial, poder aquietarnos, pensar, reflexionar y discernir con más claridad o, sencillamente, quedarnos en el silencio de la meditación.




Estar aquí y señalo el hogar, respirando en este sitio, favorece aspectos psíquicos más estables, incrementa la confianza en uno y en la vida, nos "amiga" con la panza, esa cuna desde donde la vida aunada a la madre y al cosmos nos fue posible; nos torna más creativos y abiertos a mejores relaciones interpersonales;  estimula la producción de serotonina que nos proveen las neuronas que se encuentran dentro de los intestinos; bajamos el fuego de una mente incesantemente pensante (productora de los miedos sin fundamento que tanto daño provocan), nos ayuda a salirnos de las aguas turbulentas de las emociones antes de que acabemos ahogados en ellas. Siempre que sepamos que contamos con un lugar acogedor a donde ir, solo queda hacerlo.

Quizás, el sólo acto de ir a casa, no siempre sea suficiente para resolver lo que nos sucede pero, de seguro, nos aportará el beneficio de la calma, el sosiego y el tiempo necesario para ver, ahora con más claridad, el modo más adecuado de atender lo que nos perturba.

En el mejor de los casos y para cerrar digo, que ir a casa, a este cuerpo mente, no sea únicamente para amansar las corrientes alteradas, que sea, también, una decisión nacida de saber lo bien que nos sienta estar en paz, con uno mismo.

Daniel Shodo


miércoles, 3 de marzo de 2021

El viaje iniciático



Hay una sola y única puerta que atravesar para realizar el viaje. Esa puerta es, "el miedo a la muerte". Ninguna otra cosa es necesario conocer, habitar y superar o, de lo contrario, estarás evadiéndote de vos mismo. De tal modo que, iniciemos por algo elemental: no me hables del zen, del Tao, de los registros akashikos, de chamanísmo, de psicología; no me hables de filosofía, de religión. No me hables de ideologías de izquierda o de derecha. Tampoco de tu familia, de tus hijos o proyectos para vivir en un país mejor. 

No recurras a los libros sagrados, los talismanes o a tu equipo preferido. A tu ropa, tus gustos ni tus rechazos.

No me hables de la quinta dimensión o de la nueva era. No me hables de los iluminati, del fin del mundo o de soluciones medio ambientales. No me hables de virtualidad, menos aún de lo que la televisión o las redes sociales machacan a diario. No menciones el veganismo o cualquier otra dieta orgánica, por mucho que te de placer y esperanza. Eso, mucho menos hablame de esperanza o de Fe. Te preguntarás de qué hablar o, qué decir. Nada, absolutamente de nada. Dedica tiempo para escucharte. Algo más, no hay nada de malo en todo eso de lo que te pido dejes en suspenso, ni nada de bueno, pero hasta acá, han sido nada más que palos en la rueda, adornos y excusas.

A partir del momento en el que te quedes quieto y comiences a sentirte, percibí como se arremolinan las imágenes de cuanto has hecho y conocido hasta aquí en su afán por rescatarte, por darle "sentido" a tu vivir, pero, dejá pasar todo cuanto estés pensando, aunque te falte el aire de pura impotencia. Sentí el temblor de la abstinencia por querer recurrir a tus ideas de siempre, hasta que estas, se debiliten. Sentí la tentación desgarradora de querer explicar desde tu lógica, desde tu historia personal, desde tus hábitos y costumbres pero, NO LO HAGAS.

Comenza por entender que la primera verdad que hay que soltar, es todo cuanto te ha moldeado como idea, concepto o cultura o, al menos, todo cuanto te sea posible. 

Ideas acerca de vos mismo, por empezar. Ideas sobre lo que tiene que ser y no ser. Ideas. A lo que hay que morir es a todas las ideas, ideales e ideologías. Cualquier mínima mota de polvo  con la que te identifiques, creara un gigantesco basural. ¿Qué como se hace? Esa no es la pregunta correcta. La pregunta es si estás dispuesto a verte cara a cara y desprovisto de todo cuanto te ha sido dado hasta aquí. El cómo, en todo caso, se te revelará durante la práctica misma.

Luego, cuando la muerte te parta en infinitas moléculas de existencia, cuando te hayas despojado de todo cuanto hasta ahora han sido, sobre todo, salvavidas, (todas tus prácticas "espirituales" guardan un valor agregado del que no se puede saber nada si primero, no te olvidas de todo lo que creas saber) La consigna a continuación es simple: rearmate desde dentro hacia afuera con lo que sos; Con Eso, sin nombres ni etiquetas y luego, andar por las calles, hacer tu trabajo, mirar a los ojos, descansar o comer, olerá muy, muy distinto. ¿Cómo de distinto? Primero hay que morirse para poder renacer. Sin ese segundo nacimiento, no se podrá experimentar un aire nuevo y fresco.

Sucede que si algo a motorizado la vida humana hasta aquí, no es, como muchos creen, las ganas de vivir. No es la búsqueda cada día más frenética por alcanzar ciertas metas o deseos. No, la mayor motivación es la consciencia de saber que vamos a morir. Saberlo, aterroriza a las masas, las convierte en entes que se mueven a grandes velocidades ocupándose de cuanto se les cruza, útil o no, con tal de no recordar que tenemos fecha de caducidad. Esto significa que a la muerte le debemos el haber acumulado tanta historia, amor y sangre. Saber que vamos a morir, es lo que permite vivir de verdad; completa y saludablemente, primero porque nadie sabe cuándo; segundo, porque se ha alcanzado la consciencia de lo impermanente, interdependiente, efímero e irrepetible de nuestra maravillosa y no menos misteriosa existencia humana.

Por si no soy claro, no hablo de la muerte física, porque de esa no se puede saber nada hasta que ocurre. (si es que hay algo que se pueda decir entonces) Hablo de morir a las creencias; a lo que estamos tan seguros de saber. Hablo de mirar lo de siempre como si fuese la primera vez. No, no lo pienses, no busques imaginarlo porque tu cerebro sólo conoce lo que conoce, el pasado; al punto que ya olvido la sensación de la primera vez. Hay que ir observando cuando el hábito vuelve, atenderlo y no ir en esa dirección. Respira. Respira con total atención en ello y continua sin seguir los pasos de lo conocido y ve por vos mismo, qué sucede.



Dicho esto, agrego: si no estás dispuesto a enfrentar el miedo a morir a las ilusiones, no perdamos tiempo porque continuarás confundido en un matorral de pensamientos, memorias, recuerdos; deseos que no son otra cosa que proyecciones de esas ideas. Presentes contaminados de lo único que sabemos y conocemos que es, repetir el pasado hasta el hartazgo. Pero, si ya no hay dónde ir, si nada consuela o se acomoda para continuar perpetuando el auto engaño entonces, es porque te llego la hora de morir, de dejar que se vaya lo que sea posible soltar, gestarte y parirte.

Silencio, total silencio y quietud. No te muevas. Sentite, escuchate. No hables sino para manifestar que has superado el miedo a morir. El problema con esto es que no se vale de palabras sino, de acciones para mostrar que el camino se ha ido despejando de ilusiones. Aclaro, no se trata de matar las ilusiones, como dicen por ahí, más bien se trata de saber que se está encerrado en una.

Los grandes maestros nunca se regodearon con la palabra, no persiguieron ideales ni pretendieron seguidores; mucho menos aduladores y fanáticos. Ellos, en sus actos cotidianos, fueron la verdad misma; la verdad sin más que lo que ES. Quizás por eso a las mayorías, adictas a la mentira disfrazada de verdad, les pesaba lo suficiente esas maravillosas presencias como para desdibujar el mensaje que eran y acomodarlo a sus caprichos egocéntricos o, incluso, crucificarlos porque nada molesta más al mediocre que la verdad desnuda y clara.

Quedate mirando las formas, los colores, quedate escuchando los ruidos, las ensoñaciones; sentí los aromas, los asabores, y deja que el viento se lo lleve todo. No te detengas ante nada ni ante nadie. Seguí andando hasta que no haya en este mundo nada que "creas" verdaderamente necesitar. Luego cerra los sentidos, y mirá, mirate.



Hasta que no descubras que somos un huesped estarás inconscientemente muerto. Como todos un poco, convencidos de ser dueños de algo o de alguien o sea, sufriendo. Sólo alguien que se sabe un andariego viaja liviano y agradecido porque a comprendido que no es nada sin todo lo demás. Esto supone estar hablando de moderación, humildad...No importa, porque hasta que la vida no te salga por la médula osea, todo esto que aquí menciono, continuará siendo nada más que palabras.

Camina. mira, toca, abraza, y no interfieras. Si, si, los pensamientos no cesarán, no te dejarán en paz. Nada de que preocuparse, es la naturaleza de esta mente que piensa y piensa. De igual modo  hace el corazón, los riñones y los pulmones, nunca paran y sin embargo, no impiden que vivamos nuestras pequeñeces cotidianas, ¿verdad?

Se un maravilloso equilibrista. Primero caete a la derecha; luego a la izquierda. Por momentos sentíte dueño de la verdad y ve como el piso se te muestra duro y cerca; luego, conocete tembloroso y observa cómo no logras despegar los pies ni un centímetro de la cuerda, de la vida; conocete temiendo. Más tarde, cansado de ir y venir, descubrí la senda media, cómo está hecha de un poco de esto y un poco de aquello, nunca de algo definido. No saques conclusiones, toda conclusión es un intento burdo por perdurar, pero muerto en vida. Eso sí, termina lo que comenzaste; a eso se lo denomina continuidad, como la vida que siempre teje sin que se le corra un punto.

El primer paso es saber qué se quiere. El segundo es definirlo en uno mismo claramente. El tercero es echarse a andar que la vida te mostrara el cómo. El asunto es que, atravesar el miedo a morir, es todo lo que hay que querer porque cualquier otra cosa, es pasado. La nueva vida está justo detrás de ese miedo.

Es imprescindible que lo hagas con el mayor amor y respeto posible porque se trata de parirte a vos mismo en el ceno de la vida, en brazos de esta madre tierra y con todo el potencial vital del cielo a tu disposición. Como verás, no hace falta nada aunque, sí es cierto que al principio nos da vértigo y la confusión aterra. Esos son indicios de que estamos en el camino o, al menos, que estamos comenzando a dejar el que conocíamos.

Cuando sientas sed, se te dará agua. Cuando sientas hambre, comerás. Cuando estés cansado, habrá donde echarse. Si no haces elecciones, si no destacas preferencias ni rechazas lo que se te ha dado, es porque estás comenzando a morir y a nacer, de nuevo.




Nota: Emunah: La verdadera enseñanza de Jesús no fue, crean en mí o, tengan Fe en iglesias o imágenes, No. La enseñanza real fue: CONFÍEN. Confíen completamente, no en algo o alguien. Sólo confíen en ESO, en lo sin nombre y emanen (emunah) desde dentro de cada uno el Reino de Dios, el Nirvana, sólo así lo conocerán. De no ser así, continuarán ocupándose de sus muertos (viviendo para el mundo material, solamente) 

Daniel Shodo